¿Por qué elegimos practicar Yoga?

Todos habremos escuchado hablar de “yoga” y en muchos casos, habremos experimentado alguna clase. Estas líneas no pretenden definir una práctica de yoga sino reflexionar sobre el sentido o la inquietud original que nos moviliza para asistir a nuestras clases…

Es evidente que si decidimos probar por primera vez una clase, es porque esperamos tener algún cambio con un resultado o efecto positivo en cualquier ámbito que se nos ocurra. Y resulta ser que esto tiene coherencia porque más allá de cualquier definición, las prácticas de Yoga producen efectos concretos en nuestro sistema (cuerpo-respiración-mente).

Entonces, cada vez que tomamos una clase de yoga, podemos experimentar sus beneficios inmediatos en mayor o menor grado. Sin embargo y, bajo el mismo criterio, si no tomo la práctica indicada para mí, no solamente no obtendré beneficios sino que es posible que me lastime o empeore alguna condición inicial.

Justamente porque somos personas diferentes, con “recorridos” diferentes, con necesidades diferentes y porque “hacer yoga” genera efectos concretos.

Con el tiempo fui comprendiendo cada vez más esta idea tan simple (y tan básica en nuestra tradición de Yoga) así como fui prestando más atención a los relatos de muchas personas que practicaban yoga (diferentes estilos más o menos modernos o desafiantes) y, sin embargo, convivían con dolores crónicos de espalda, cabeza, cuello, hombros (sólo para remitirme a los más leves).

Es interesante cómo a veces naturalizamos el malestar o el dolor. Claramente podemos ver esto cuando, en nuestra vida cotidiana, el stress se apodera de la agenda y hasta el tiempo libre se transforma en una actividad obligatoria y… agotadora. Es común –y hasta lógico, teniendo en cuenta desde qué parámetros se practica- escuchar hablar de las lesiones por hacer tal o cual deporte pero debería ser insólito que practicar Yoga profundice alguna dolencia. Y más insólito aún que no cuestionemos eso.

¿Es posible que alguien diga que disfruta de permanecer media hora en sirsasana (paro de cabeza) pero interrumpe la charla para tomarse un relajante muscular porque la contractura en el cuello lo desconcentra para seguir hablando?

¿O que queramos llegar al objetivo de caminar por nuestra casa en urdhva dhanurasana (el arco o puente) pero no podamos hacer la cola del super del dolor de cintura que tenemos?

Creo que todas estas preguntas así como las que podemos hacernos al decidir tomar una clase de yoga, se responden con la definición más simple, más profunda y más básica:

El yoga es un estado en donde nuestra mente más superficial (los pensamientos cotidianos, etc.) se silencia y aflora un estado profundo de gran bienestar y calma. Para llegar a ese estado de yoga, necesito trabajar con todas las “capas” de mi ser: cuerpo, respiración, mente, emociones. El profesor necesita ajustar todas las herramientas que dispone para lidiar con la especificidad de cada ser humano.

Entonces, las posturas, secuencias o respiraciones más o menos complejas o desafiantes no son buenas o malas “en sí” sino que -de acuerdo a lo que cada persona necesite para llegar a ese estado de yoga-, pueden ser útiles o no.

Desde la tradición Krishnamacharya, este principio para aplicar en las clases (tanto en nuestra condición de profesores como en la de alumnos) se enseña y experimenta desde el primer día.

De la misma manera que se enseña y se experimenta una “verdad” que seguro no se ajusta a las lógicas de comodidad inmediata y/o a las soluciones mágicas que promete el marketing y la publicidad. Esto es:

“la práctica, aquella que me permite llegar a un verdadero estado de yoga, da frutos reales cuando la sostengo en el tiempo, de manera regular, sin interrupciones y con una actitud abierta y positiva para aprender.”

 ¿Por qué elegimos practicar Yoga?

Escrito por Gabriela Binello – Profesora Certificada por el KHYF – India.

7 de Agosto del 2010

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